Tengo ocho años. Estoy en el patio de la casa de Castelli. Mi primo está sentado en una reposera sobre el cemento. Tiene un vaso de cerveza en la mano y mira hacia el paraíso del vecino. La tarde está tambaleando. El aire está demasiado pesado. Me acerco a mi primo y le hago una pregunta sin sentido, empiezo hablar por hablar. Mi primo me dice que, si no tengo nada que decir que no hable, que le preste atención al silencio. Me sonrojo siento que hice algo mal. Me siento en el suelo y me quedo mirando el paraíso hasta que los grillos se hacen presente. Pasaron muchos años de aquel momento, hace no mucho tiempo pensé que mi primo me estaba citando una frase de Wittgenstein “de lo que no se puede hablar mejor callar”. Pero terminando de leer América profundo e Indios Porteños y Dioses me di cuenta que lo que me dijo mi primo esta más cerca de Kusch que de Wittgenstein. Kusch demuestra en ambos libros que la quietud este asociado al mero estar. Vivimos en una época donde lo...