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Las cosas que perdemos en el mar

 


Antes de irme de vacaciones soñé con la palabra “anhelo”. El sueño consistía, básicamente, en que me sorprendía la belleza de dicha palabra. Apenas me levanté, fui a buscar su etimología. Su significado es “el deseo intenso de conseguir algo” y proviene del verbo anhelare, que significa “respirar con dificultad, jadear”.

La palabra me acompañó durante todas mis vacaciones en la costa atlántica. Este año me separé pocos días antes de viajar, por lo cual decidí irme con mis padres. Hacía mucho tiempo que no compartía vacaciones con ellos. Hace un año que mi padre está obsesionado con correr; encontró en ello un universo que lo convoca, que le da vitalidad. Si yo escribo para existir, mi padre corre para pensar. Los dos llevamos la palabra anhelo sobre el paladar: el deseo de lo sencillo, el deseo de mirar. Mi padre mira más allá de lo que lo rodea.

Los primeros días salimos a correr por las calles de arena que rodeaban la casa y, una vez que nuestras piernas se acostumbraron a la superficie, comenzamos a correr por el borde del mar. El momento ideal para salir era durante el atardecer, cuando la luz comenzaba a tambalear y la gente ya había abandonado la playa. Solo quedaban uno que otro pescador, que permanecía con la excusa de ver el sol desaparecer en el horizonte.

Así comenzamos a correr. Mi padre, con la mirada fija en el aire, y yo, de vez en cuando, girando la cabeza para mirar el mar. Nosotros dos siempre corrimos por el límite de lo profundo. Cuando era chico y mi madre se fue, yo me quedé a vivir con mi padre. Reaprendimos a respirar. Como en aquellos tiempos, sentí que mi padre levantaba la cabeza para buscar más aire.

Mi padre es un hombre de obsesión lenta; por eso corre. Cuando estábamos a metros de llegar, él aumentaba la velocidad, guardaba su potencia para el final. Yo me quedaba atrás, mirando las pisadas que dejaba en la arena y el mundo cansado sobre las altas nubes que se disipaban a su paso. Nosotros siempre fuimos la aventura de pensar en silencio.

Antes de llegar al punto de partida, con el jadeo entrecortado de nuestra respiración, los dos anhelábamos lo mismo: el instante. El instante preciso de nuestra presencia.

 


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