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La primera vez que vi

 


El aire se pasea por la sala, la fila de las butacas rojas está expectante. Entra el hombre vestido de adulto. Piensa en sus recuerdos. El hombre sabe que la memoria es su antigua enemiga. La luz comienza a bajar como en cualquier atardecer. El tiempo se detiene. La pantalla se enciende. El hombre abre los ojos. Los besos se pasean por el aire. Las miradas se entrecruzan. Una lágrima se asoma. El hombre por fin despierta.    

Así termina Cinema Paradiso. Una película que fue reencuentro con mi infancia, un recordar, un volver a pasar por el cuerpo. El final más conmovedor de la historia del cine. Henri Bergson decía que la realidad es un movimiento y que la realidad no “es” sino que deviene, la realidad es movimiento puro. Algo en mi se movió cuando termine de ver Cinema Paradiso, produjo un desplazamiento, un puro movimiento . Volví a mis ocho años, cuando me subía arriba del galponcito de la casa mitre y me quedaba viendo el atardecer. Volví a mirar las hormigas en la casa de mi abuelo hasta que atravesaban la reja verde y luego recuperaba la razón. Volví a mirar las hojas verdes del paraíso de la esquina. Volví sobre mis primeros pasos. Un movimiento hacía mi infancia donde el mirar era más importante que el pensar…

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  Ya nadie se pasea por las tardes evanescentes en las calles inundadas de hollín que emanan los señores ejecutivos frente al Icon Palace Hotel sus bocas pululan pululean los más sádicos y despiadados fluidos sobre los hombros cansados de sus admiradores que caminan con sus zapatos al revés  ya nadie mire el cielo ni por asomo del reloj buscan sus obligaciónes en la saliva arrastrada de estos nabucodonosores sin corbata que patean su espina dorsal y nosotros los que somos de aquí y de allá miramos con espanto y esperamos un paso atrás otro paso atrás y caminamos adelante.

Maschwitz

  Los inviernos en la calle Castelli eran fríos, las hojas de los árboles cubrían las veredas de las casas, el silencio se paseaba por las tardes, la claridad se apoyaba sobre las ramas del paraíso. Los domingos por la tarde me juntaba con mis amigos del barrio, estaba el gordo Gonzalo, que vivía a dos casas de distancia, y enfrente estaba Martín. Jugábamos a la pelota en la calle, armábamos dos arquitos con piedra y corríamos hasta que nos salía humo del cuerpo. Cuando el sol empezaba a esconderse nos quedábamos en el cordón de la vereda de la casa de Cirilo, viendo como el viento levantaba los granos de arena y los distribuía por las nubes hasta que escuchaba el grito de mi mamá, diciéndome que ya era tarde. Las calles de Maschwitz son de arena. En la primavera de 1993 un vecino salió a correr por la mañana y se encontró con una fosa de tres metros, que había sido cavada por la municipalidad para aliviar las inundaciones de un arroyo cercano. Esta fosa llamó su atención y se qu...

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