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El sonido de los objetos

 


No escuchándome a mí, sino al logos, es sabio confesar que todas las cosas son uno

Heráclito de Éfeso 

La música comienza por murmurar al oído del que la ama y que se acerca al canto que le envuelve, donde consiente en perder su identidad y su lenguaje: Acordaos, un día, antaño, se perdió lo que se amaba

Pascal Quignard



“M, el vampiro negro” es la primera película sonora de Fritz Lang. Es la historia de un asesino de niños que aterroriza la ciudad de Berlín. La policía no puede dar con el paradero de este asesino por lo cual empieza a allanar todo tipo de negocios en los que está involucrada la mafia; estos se ven afectados por todas las redadas que están sufriendo y deciden buscar al asesino ellos mismos. Hasta aquí es una breve síntesis de la trama de la película, pero lo que me interesa comentar de esta brillante película son tres puntos: El primero volver a remarcar que es la primera película sonora de Fritz Lang; el segundo que la única música que hay en la trama es el silbido de una melodía, perteneciente a la suite de Peer Gynt de Edvard Crieg; y la tercera es que el que da con el asesino es un vendedor de globos ciego que reconoce al asesino por dicha melodía; Esto me lleva a pensar en lo que pueden los sonidos ¿Cuál es nuestra percepción frente a lo sonoro? Oír es un fenómeno fisiológico; escuchar, una acción psicológica, dice Roland Barthes en su libro “Lo obvio y lo obtuso.” Lo primero que escuchamos son signos que intentamos descifrar, nos interesa saber que los emite. Tarkovsky, mi perro, cuando escucha ruidos del departamento de arriba se aterroriza por qué no sabe qué es ni de dónde vienen, no puede transformar el sonido que oye. La escucha es un sentido propio del espacio y el tiempo. Cuando me fui de la casa de mis padres, alquilé un monoambiente en el barrio de Núñez; las primeras noches no podía dormir, escuchaba sonidos que me desconcertaban. La escucha de lo extraño me interpelaba. Pero cuando captaban el ritmo de los ruidos ya mi nuevo lugar iba tomando forma de un hogar. Cuando los sonidos tienen un ritmo, la escucha deja de ser pura vigilancia y se convierte en creación. Sin el ritmo no hay lenguaje posible. Henri Meschonnic decía que el ritmo es la organización del lenguaje. Recuerdo la primera vez que tomé clases de piano fue con un cubano que se llamaba Rafael. Cuando llegué nos sentamos en el comedor, donde tenía un piano eléctrico y me preguntó qué era para mí lo más importante de la música. Yo sin ningún conocimiento musical, pensé unos segundos la pregunto y le conteste que el ritmo. Me dijo que era exactamente eso, que todos le responden la armonía, la melodía pero que no, lo más importante era el ritmo. Retomando a Meschonnic me gusta su definición de la poesía, él dice que la poesía es ante todo ritmo y enunciación. Todo el tiempo las frases que usamos tienen un ritmo. Nuestra voz es la corporeidad del habla, se sitúa entre el cuerpo y el discurso, y en ese espacio intermedio es donde se efectúa el acto de escuchar. La escucha obliga al sujeto a renunciar a su intimidad, es decir, obliga al sujeto a encontrarse con el sufrimiento. Como el mito de Ulises y las Sirenas, no se puede disfrutar del canto de las sirenas sin correr riesgos. Tal vez sea necesario que dejemos de oír por unos instantes y empecemos a escuchar un poco más.


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