En
la esquina de mi barrio hay una vinoteca que se llama Pádico; está
atendida por dos hermanos, Diego y Pablo. Diego es el más
serio de los dos, tiene pinta de ser el que lleva los números; Pablo
es un vendedor nato, sabe a la perfección la característica de cada
vino. Él puede recomendarte el vino indicado con tan solo una
pregunta. ¿para qué estás? Siempre que voy, me quedo pensando en
esa pregunta. Cuando quiero saber para qué estoy, agarro el tomo
verde de Montaigne que está sobre mi escritorio; abro una página al
azar y leo la primera frase. La última vez que me pasó esto, la
frase decía: “La fuerza de la costumbre forja el cuerpo”. Esto
me hizo pensar que la costumbre está asociada a un lugar de
pertenencia y esto es fundamental para los tiempos que corren. El
lugar de pertenencia se perdió en estos tiempos de sentimentalidad
capitalista, donde prima el individualismo, y los imperativos de la
alegría. Todo el tiempo nos obligan a construir nuestro propio
bienestar. Es por eso que en este último tiempo se produjo un
aumento significativo del consumo de psicofármacos y de analgésicos.
Parece ser que los seres humanos de este siglo ya no soportan ni
siquiera un leve dolor de cabeza, a su vez están estimulados
constantemente por las publicidades. Estamos viviendo en una era de
la medicalización de la vida cotidiana. La medicalización se asocia
al ritmo frenético en el que vivimos, ya no hay tiempo para soportar
el dolor, la sociedad demanda una felicidad constante. Los que nos
ocultan con el bombardeo de imágenes y la reproducción de falsos
conceptos es que la verdadera felicidad se encuentra… en la
serenidad de las estrellas, en las alas de los pájaros que aletean
junto a la tarde, en el silencio de las hormigas, en la soledad de
las palomas extraviadas en la eternidad, en ese pétalo que cae de
espaldas al jardín, en el detalle, de este último gesto.
Ya nadie se pasea por las tardes evanescentes en las calles inundadas de hollín que emanan los señores ejecutivos frente al Icon Palace Hotel sus bocas pululan pululean los más sádicos y despiadados fluidos sobre los hombros cansados de sus admiradores que caminan con sus zapatos al revés ya nadie mire el cielo ni por asomo del reloj buscan sus obligaciónes en la saliva arrastrada de estos nabucodonosores sin corbata que patean su espina dorsal y nosotros los que somos de aquí y de allá miramos con espanto y esperamos un paso atrás otro paso atrás y caminamos adelante.

Comentarios
Publicar un comentario