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Notas de la ciudad

 


Vivimos en el corazón de una ciudad que se resquebraja en la luz oblicua de un sol que solo alumbra al vecino exangüe que mira su propio ombligo ¿Qué sucede con el alma que penan las señoritas con pestañas prestadas o con aquellos muchachos que, sin querer serlo, se funden en el opérculo claro de un pescado? La agonía está a la vuelta de la esquina solo queda esperar que el corazón frío de un transeúnte se escape por la ladera interna de algún vicio olvidado en un rincón.


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Notas de la ciudad

  Ya nadie se pasea por las tardes evanescentes en las calles inundadas de hollín que emanan los señores ejecutivos frente al Icon Palace Hotel sus bocas pululan pululean los más sádicos y despiadados fluidos sobre los hombros cansados de sus admiradores que caminan con sus zapatos al revés  ya nadie mire el cielo ni por asomo del reloj buscan sus obligaciónes en la saliva arrastrada de estos nabucodonosores sin corbata que patean su espina dorsal y nosotros los que somos de aquí y de allá miramos con espanto y esperamos un paso atrás otro paso atrás y caminamos adelante.

Una voz solamente

Hace poco me mudé a un departamento en el barrio de Colegiales. El departamento está en un primer piso. Lo que más me sofoca de este departamento es la vista. Antes mi escritorio estaba frente a un ventanal en un sexto piso, donde todas las mañanas veía como los pájaros cruzaban de cielo a cielo, como las hojas caian verticalmente  y tapizaban con su paleta de colores los autos que rodeaban la vereda de la ciudad. Los domingos se escuchaba el chirrido de las hojas por el asfalto. La vida de la ciudad transcurría frente a mi ventana. Ahora en cambio mi mirada se clava en una pared blanca que proyecta el silencio; el sonido de mi interior retumba en el espacio, las ondas sonoras nunca se pierden, chocan entre sí.    Miro a mi derecha y me reflejo en la ventana, a veces el vidrio tiembla por el río de motores de la calle Zapata; miró hacia abajo y veo mis dedos largos y huesudos caer lentamente sobre el teclado. Todavía no reconozco los árboles de la cuadra ni tampoco he vis...

Maschwitz

  Los inviernos en la calle Castelli eran fríos, las hojas de los árboles cubrían las veredas de las casas, el silencio se paseaba por las tardes, la claridad se apoyaba sobre las ramas del paraíso. Los domingos por la tarde me juntaba con mis amigos del barrio, estaba el gordo Gonzalo, que vivía a dos casas de distancia, y enfrente estaba Martín. Jugábamos a la pelota en la calle, armábamos dos arquitos con piedra y corríamos hasta que nos salía humo del cuerpo. Cuando el sol empezaba a esconderse nos quedábamos en el cordón de la vereda de la casa de Cirilo, viendo como el viento levantaba los granos de arena y los distribuía por las nubes hasta que escuchaba el grito de mi mamá, diciéndome que ya era tarde. Las calles de Maschwitz son de arena. En la primavera de 1993 un vecino salió a correr por la mañana y se encontró con una fosa de tres metros, que había sido cavada por la municipalidad para aliviar las inundaciones de un arroyo cercano. Esta fosa llamó su atención y se qu...