Vivimos en el corazón de una ciudad que se resquebraja en la
luz oblicua de un sol que solo alumbra al vecino exangüe que mira su propio
ombligo ¿Qué sucede con el alma que penan las señoritas con pestañas prestadas
o con aquellos muchachos que, sin querer serlo, se funden en el opérculo claro
de un pescado? La agonía está a la vuelta de la esquina solo queda esperar que
el corazón frío de un transeúnte se escape por la ladera interna de algún vicio
olvidado en un rincón.

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