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Entradas

Maschwitz

  Los inviernos en la calle Castelli eran fríos, las hojas de los árboles cubrían las veredas de las casas, el silencio se paseaba por las tardes, la claridad se apoyaba sobre las ramas del paraíso. Los domingos por la tarde me juntaba con mis amigos del barrio, estaba el gordo Gonzalo, que vivía a dos casas de distancia, y enfrente estaba Martín. Jugábamos a la pelota en la calle, armábamos dos arquitos con piedra y corríamos hasta que nos salía humo del cuerpo. Cuando el sol empezaba a esconderse nos quedábamos en el cordón de la vereda de la casa de Cirilo, viendo como el viento levantaba los granos de arena y los distribuía por las nubes hasta que escuchaba el grito de mi mamá, diciéndome que ya era tarde. Las calles de Maschwitz son de arena. En la primavera de 1993 un vecino salió a correr por la mañana y se encontró con una fosa de tres metros, que había sido cavada por la municipalidad para aliviar las inundaciones de un arroyo cercano. Esta fosa llamó su atención y se qu...

La primera vez que vi

  El aire se pasea por la sala, la fila de las butacas rojas está expectante. Entra el hombre vestido de adulto. Piensa en sus recuerdos. El hombre sabe que la memoria es su antigua enemiga. La luz comienza a bajar como en cualquier atardecer. El tiempo se detiene. La pantalla se enciende. El hombre abre los ojos. Los besos se pasean por el aire. Las miradas se entrecruzan. Una lágrima se asoma. El hombre por fin despierta.       Así termina Cinema Paradiso. Una película que fue reencuentro con mi infancia, un recordar, un volver a pasar por el cuerpo. El final más conmovedor de la historia del cine. Henri Bergson decía que la realidad es un movimiento y que la realidad no “es” sino que deviene, la realidad es movimiento puro. Algo en mi se movió cuando termine de ver Cinema Paradiso, produjo un desplazamiento, un puro movimiento . Volví a mis ocho años, cuando me subía arriba del galponcito de la casa mitre y me quedaba viendo el atardecer. Volví a mirar las hormi...

Mitre 233

Cuando tenía ocho años nos mudamos con mis padres a Escobar. Detrás de una puerta blanca había dos casas, una delante y otra en el fondo. Nosotros vivíamos en la casa de adelante y en el fondo vivía un matrimonio con un hijo de mi edad que con el tiempo llegamos a ser grandes amigos. Lo que más me llamaba la atención de la casa era el patio. Estaba delimitado por un paredón enorme, mi pequeño pie calzaba justo entre ladrillo y ladrillo. Apoyaba el pie derecho, luego mi mano izquierda, y por último daba un salto, y en segundos estaba en la cima de ese enorme paredón; desde allí se veía todo el barrio, el pino longevo del vecino, una casa abandonada, pelotas de tenis en lo techos, papeles manchados de humedad, hojas de un otoño pasado, piñas que caían de los árboles. La primera vez que conocí el silencio fue en el paredón de la calle mitre, todavía recuerdo el vuelo de los gorriones hacia el sur. Había decidido que la altura era mi lugar. Todos los días cuando volvía de la escuela mi m...

La revolución tecnológica

  Algo que nunca voy a entender es la gente que va a recitales o a museos y filma todo desde su celular e inmediatamente lo comparte en las redes sociales. ¿Cuál es la finalidad de este acto? Es una forma de decir “Miren lo que se están perdiendo boludos.” En la era de la posmodernidad sólo importa ir a un recital o un museo para registrar todo con el celular y subirlo a las redes sociales, es una forma de alimentar nuestro propio yo. Hace unos días estaba teniendo una conversación seria con mi hermana y le estaba diciendo que una persona interesante no tiene que saber de filosofía ni tampoco hablar de cine soviético, le comentaba que una persona interesante era mi abuela. Automáticamente ella saco su celular y me dijo que tenía que hacer una historia para subirlo a Instagram. Estas actitudes me enervan, ya no se puede decir ninguna estupidez que enseguida la quieren subir a las redes sociales. ¿Qué le pasa a “la gente”? El jueves pasado fui a comer pasta de un amigo y no dejaron s...

El tiempo es todo el tiempo

Hay películas malas que pueden dejarnos una enseñanza como por ejemplo “Un buen día”. Es una película de Nicolás Del Boca protagonizado por Aníbal Silveyra y Lucía Polak. Es la historia de dos argentinos que viven en estados unidos. Se conocen en una cafetería y establecen una amistad que se transformará en un romance. Manuel se había ido del país por la debacle vivida en 2001 y Fabiana estudiaba abogacía allí. Los diálogos son tan inverosímiles que causan risa, pero hay una escena icónica en la que hablan del tiempo. “Alguien esta haciendo tiempo con nosotros” dice el personaje de Lucia y el personaje de Manuel le responde “El tiempo es todo el tiempo.” Este diálogo que podría haberse sacado de un sketch de capusotto me hizo recordar la relación que tuve con mi tío Walter.  Él  se había ido a vivir a Buenos Aires cuando era adolescente. Allí, trabajó de personal trainer, de seguridad, hasta  trabajò de stripper. A mi tío lo vi pocas veces en mi vida, pero dejó palabras ...

Después del silencio

Cuando estoy en clase de piano, mi profesor siempre me dice: <<Emi, los silencios están para algo en la partitura.>> Si intentamos silencio, ¿qué encontramos?   Como los pintores tienen el lienzo, los escritores tienen el papel o la pantalla, pero ¿es esto suficiente? Pienso que un poema es un equilibrio estable entre la hoja y el silencio. No solo se trata de ocuparlo, sino de poblarlo con movimientos expresivos, por eso creo que el poema es ante todo música. El poeta chileno Juan Luis Martínez dice: << Los pájaros cantan en pajarístico, pero los escuchamos en español. El español es una lengua opaca, con un gran número de palabras fantasmas, el pajarístico es una lengua transparente y sin palabras. >> ¿Qué sucede si intentamos decodificar el ruido del corazón? Los primeros años de mi infancia los viví en la casa de mi abuelo. Todas las mañanas eran iguales. Mi abuelo sentado en la mesa del comedor con una taza de té en la mano. Yo me sentaba a su lado c...

Otro Sol

  El sol nace detrás de aquellos edificios las nubes se apartan para su entrada triunfal pero cada cual sigue en su mesa, en su taza. Algunos duermen, otros van con la cabeza baja nadie desvía su atención. Antonio Porchia decía “Cuando yo muera, no me veré morir, por primera vez” yo me pregunto ¿cuántas veces abre muerto? Sino creyera que el sol me mira un poco, no lo miraría pero de algo estoy seguro y es que si el sol se busca en el cielo ya no es un sol. Todos los caminos conducen a la muerte la vida no es más que una escala. Estoy perdido en una ciudad perdida. Los yuyos crecen en silencio en las macetas de los malvones. Las flores más lindas de mi jardín, son las flores caídas. Todos los días navegamos por un mar de palabras vivimos en historias que nosotros no iniciamos habitamos cuerpos que no son nuestros cuerpos hemos dejado tantas cosas olvidadas…yo no sé Mientras tanto el sol sigue siendo sol y nos deja más que lo necesario.